Dos sillas de playa a rayas en la arena bajo un cielo nublado
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Por qué se pelea más en vacaciones

Lo que las vacaciones dejan a la vista de una pareja cuando se cae la rutina, si funciona como equipo y cómo se comunica.

Por Valentina Orellana, psicóloga de adultos y parejas · 6 min de lectura

Durante meses, febrero es una promesa. Se cuentan los días, se arrienda la cabaña con tiempo y se carga el auto hasta el techo con la idea de que, por fin, habrá espacio para estar en pareja sin apuro. Pero a menudo, al segundo día, en plena carretera o en el supermercado del pueblo, llega la primera discusión, por una cosa tan chica que después nadie sabe explicar cómo empezó.

Hay datos que apuntan en esa dirección. Un estudio en el estado de Washington, en Estados Unidos, encontró que las demandas de divorcio suben después de las fiestas de fin de año y de las vacaciones de verano. Eso no significa que las vacaciones rompan parejas, pero sí que muestran cómo funciona una pareja cuando se le quita todo lo que la ordenaba desde afuera, si se mueve como equipo y cómo se comunica.

Lo que la rutina tapaba

Los problemas casi nunca nacen en la playa. Por lo general ya estaban y la pareja los conoce, como las diferencias que asoman en las mañanas mientras se arregla a los hijos o las que aparecen cada vez que toca ordenar las finanzas de la casa. Durante el año, sin embargo, esos roces quedan mezclados con todo lo demás. Se sale temprano al trabajo, se vuelve a la casa con pendientes o a ocuparse de los niños, y el día se llena de otras preocupaciones. Así, la atención que necesitaría cada problema se reparte hasta que ninguno se alcanza a conversar de verdad.

En vacaciones todo eso se detiene de golpe y la pareja pasa el día entero cara a cara, decidiendo desde la hora del almuerzo hasta el plan de la tarde. Es entonces cuando esas fricciones encuentran la manera de expresarse, y lo hacen a través del modo de comunicarse que esa relación ha ido construyendo con los años.

A eso se suma el cansancio. Recién cuando el cuerpo baja el ritmo se siente todo lo que se aguantó desde marzo, y la paciencia, ya gastada, se agota justo cuando se esperaba estar mejor.

Dos individuos que se dicen pareja

Aun así, el cansancio no lo explica todo. Lo que suele quedar a la vista en esas semanas es cuánto se enfrentan en lo cotidiano, por temas chicos como quién maneja o dónde estacionar. Detrás de esas discusiones muchas veces hay un problema de fondo, y es que no están funcionando como equipo. Son dos individuos que se dicen pareja, pero actúan valorando cada uno sus propias necesidades, sin pensar en lo que les sirve como conjunto.

Imagina el primer día nublado en la playa, de esos que obligan a pasar la tarde en la cabaña. Una persona quiere salir igual a recorrer y la otra prefiere quedarse leyendo, y en vez de buscar un plan que sirva a ambas, cada una defiende lo suyo como si estuviera en juego algo importante. En cierto sentido lo está, porque detrás de esa tarde se discute quién cede y a quién se considera.

Sin la rutina de por medio, las diferencias de una pareja se quedan sin dónde esconderse.

Que esto pase no habla de egoísmo. Con frecuencia cada uno aprendió a arreglárselas sin pedir nada y nadie le mostró cómo incluir al otro a la hora de decidir. Pensar en el "nosotros" tampoco obliga a dejar de lado lo propio; se trata de sumar a la decisión lo que necesita la otra persona, y eso se aprende.

Pareja de espaldas sentada en una playa de arena oscura mirando las olas
Foto: Mary El / Unsplash

Cómo nos comunicamos

Además de mostrar si hay o no un equipo, esas semanas dejan ver con mucha claridad cómo se comunica la pareja. Cuando la comunicación es escasa y cada uno guarda en su fuero interno buena parte de lo que piensa o de lo que espera del viaje, la conversación deja de ser fluida y cuesta ponerse de acuerdo hasta en lo más simple. A veces ni siquiera se sabe qué está pensando el otro.

Ahí empezamos a adivinar e interpretar, casi siempre desde nuestra propia forma de ver el mundo. Tu pareja se queda en silencio mirando el mar y tú lo lees como enojo contigo, cuando en realidad le está dando vueltas a un problema del trabajo que todavía no te ha contado. Ese hueco que llenamos con nuestra lectura dice más de cómo vemos nosotros las cosas que de lo que le pasa a la otra persona.

Por otro lado, solemos reaccionar en automático. El otro hace o dice cualquier cosa y de inmediato la tomamos como si tuviera que ver con nosotros, como una crítica o un reproche, así que respondemos a esa lectura más que a lo que de verdad ocurrió. De esa forma, un comentario inocente sobre la hora suena a reclamo, y en pocos minutos hay una discusión por algo que nadie quiso decir.

Pensar como equipo

Darse cuenta de todo esto abre la posibilidad de vivir la pareja de otra manera, y las vacaciones pueden ser un buen lugar para empezar. Ayuda hablar antes de suponer y consultar antes de sacar conclusiones, con una frase tan sencilla como "¿Estás bien o te pasa algo conmigo?", que puede desarmar una tarde entera de malentendidos.

También ayuda que, frente a un desacuerdo, la pregunta sea qué sería lo mejor para los dos. Así cada uno tiene que considerar lo que siente y necesita el otro antes de defender su posición.

Ser equipo se nota en los momentos chicos, cuando cada uno tiene al otro en cuenta antes de decidir.

Al volver a casa, conviene no archivar lo que pasó como un mal rato del viaje. Si esas peleas mostraron que la pareja funciona más como dos individuos que como equipo, o que a los dos les cuesta entenderse sin adivinar lo que piensa el otro, eso también ocurre durante el año. Solo que la rutina lo disimula. Hay parejas que pueden conversarlo y cambiarlo sin ayuda externa, y otras que necesitan un espacio como la terapia de pareja para aprender a comunicarse con claridad y a decidir pensando en ambos. Eso sí, si en las discusiones aparece violencia o miedo al otro, ya no se trata de un problema de comunicación, y lo indicado es pedir ayuda por separado.

Las vacaciones no tienen que salir perfectas. Basta con que, en medio de la carretera o de una tarde nublada, alguno de los dos se acuerde de preguntarle al otro qué le pasa, en vez de suponerlo.

Foto de portada: Rein Krijgsman / Unsplash

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