¿Ya no nos amamos?
Cuando una pareja se desconecta, la distancia suele armarse con todo lo que no se dice.
Hay parejas que un día revisan su chat y descubren que hace semanas solo hablan de lo que falta comprar, de quién retira a los niños y de la cuenta que vence el viernes. Funcionan bien, se coordinan, cumplen. Pero en algún momento dejaron de buscarse, y en medio de esa rutina tan eficiente aparece una pregunta que da miedo decir en voz alta. ¿Ya no nos amamos?
Es una pregunta legítima y merece una respuesta honesta. A veces el amor sí se termina. Muchas otras veces, en cambio, lo que se apagó fue la cercanía, y la cercanía rara vez se pierde de golpe. Se va perdiendo de a poco, con todo lo que se deja de decir.
Lo que no se dice
La distancia casi nunca empieza con una gran pelea. Empieza con algo pequeño que molestó y no se habló, con una pena que no se compartió porque no era el momento, con un deseo que se guardó para no generar problemas. Cada una de esas cosas parece insignificante por sí sola. El asunto es que no desaparecen; se quedan adentro y siguen conversando con nosotros.
Así se va armando un diálogo interno que la otra persona nunca escucha. Uno ensaya en el auto la conversación que quiere tener y, al llegar a la casa, no la tiene. Piensa "otra vez no me preguntó cómo me fue" y responde que todo está bien. Mientras tanto, ese lenguaje interno se va cargando, y empezamos a interpretar todo lo que el otro hace de la peor manera. Si llegó tarde, es porque no le importa; si está callado, es porque se aburrió.
La investigación sobre parejas ha encontrado algo muy consistente en este punto. Cuando interpretamos las conductas del otro con desconfianza, la satisfacción con la relación baja con el tiempo, y esa misma insatisfacción alimenta lecturas cada vez más negativas. Es un círculo que se refuerza solo, y que puede avanzar durante años sin que ninguno de los dos lo nombre.
El personaje que entra a la pareja
Todos tenemos una versión de nosotros que sacamos a pasear cuando no nos sentimos seguros de ser queridos tal como somos. En la pareja ocurre algo parecido. Cuando falta confianza, o cuando hablar se volvió difícil, pasamos a vivir un mundo interno distinto del que expresamos. Por fuera estamos tranquilos, disponibles, de acuerdo; por dentro estamos dolidos, solos o cansados de esperar.
Nadie decide esto de un día para otro. El personaje aparece para evitar una discusión, para no parecer exigente, para no mostrarse vulnerable frente a alguien que quizás no va a responder como esperamos. Tiene sentido, porque protege. Pero el costo es alto, porque quien vive con nosotros termina relacionándose con alguien que no somos del todo, y nosotros dejamos de saber lo que le pasa, porque probablemente también ha construido su propio personaje. Dos personas pueden compartir la cama, la mesa y los planes y, aun así, sentir entre ellas una distancia que parece infinita.
Todos tenemos un mundo privado, y está bien que así sea. Lo que aleja es otra cosa. Es guardar justamente aquello que nos ayudaría a estar cerca, lo que necesitamos, lo que nos duele o lo que echamos de menos del otro.
Entonces, ¿ya no nos amamos?
Con los años es esperable que la intensidad del comienzo cambie. Esa sensación de no poder pensar en otra cosa se calma, y eso no significa que el amor haya desaparecido. Hay estudios con parejas de más de diez años que siguen describiéndose como muy enamoradas, y lo que tienen en común es que siguen pensando en el otro, se muestran cariño y comparten experiencias nuevas. El amor que dura se parece menos a un fuego que se enciende solo y más a uno que alguien sigue cuidando.
Por eso, antes de concluir que el amor se terminó, vale la pena hacerse otra pregunta. ¿Cuánto de lo que siento, y de lo que ya no siento, tiene que ver con todo lo que dejamos de decirnos? Muchas veces, lo que se vive como falta de amor es una acumulación de silencios, de lecturas cargadas y de personajes que se fueron instalando sin que nadie lo notara.
Hay casos en que la respuesta honesta es que el amor sí se acabó, y reconocerlo también es una forma de cuidarse a uno mismo y de cuidar al otro. No existe una fórmula para saberlo. La indiferencia absoluta no es lo único que marca que el amor se acabó, porque la rabia, la pena o la nostalgia también pueden aparecer cuando ya no está. Muchas veces esas emociones hablan de lo que se perdió, de lo que se esperaba y no llegó o de heridas propias.
Además, la distancia no deja a nadie igual. Mientras cada uno vivía en su propio mundo, es posible que los dos hayan cambiado, o que haya cambiado solo uno. Aparece entonces una pregunta más profunda. ¿La persona en la que me convertí puede volver a encontrarse con la persona que hoy es mi pareja? ¿Esta relación todavía habla de quién quiero ser, de lo que valoro y de la forma en que quiero vivir? Mirar eso con honestidad importa tanto como lo que se siente, y en esa mirada también entran los hijos, si los hay, y el proyecto de vida que se construyó en común.
En lugar de buscar una prueba definitiva, entonces, conviene mirar la pregunta de fondo, que tiene que ver con la voluntad. ¿Queremos seguir eligiéndonos y trabajar en esto? Esa respuesta pocas veces aparece sola. Es una decisión, y como toda decisión importante puede resultar buena, mala o más o menos, pero tomarla con los ojos abiertos es muy distinto de dejar que la distancia decida por nosotros.
Si los dos deciden intentarlo, el camino de vuelta existe, y empieza por lo mismo que creó la distancia. Requiere atreverse a decir lo que se ha callado, aunque incomode, y escuchar lo que el otro tiene que decir sin defenderse de inmediato. Al comienzo puede sentirse más difícil que seguir en silencio. Con el tiempo, esas conversaciones van dejando atrás al personaje y abren espacio para algo que se había perdido, la sensación de estar, de verdad, con alguien.
Foto de portada: Luis Becerra / Pexels