Mujer tranquila junto a una ventana con luz cálida
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¿Puedo?

La pregunta que muchos se hacen antes de necesitar, descansar o decir que no.

Por Valentina Orellana, psicóloga clínica · 6 min de lectura

Hay personas que, antes de hacer algo tan simple como pedir ayuda, tomarse una tarde libre o rechazar una invitación, pasan por un pequeño trámite interno. No siempre lo notan, pero ocurre: ¿puedo?, ¿tengo derecho?, ¿voy a molestar?, ¿qué va a pensar el otro?

Para quien vive así, esa pregunta no es un detalle. Aparece todos los días, frente a decisiones grandes y chicas, y deja la sensación de estar siempre pidiendo autorización para ocupar un lugar que, en teoría, ya le pertenece.

Un trámite que nadie ve

Desde afuera, estas personas suelen parecer amables, consideradas, fáciles de querer. Y lo son. El asunto es lo que ocurre por dentro. Antes de actuar revisan cómo va a caer su decisión en los demás: si alguien se va a decepcionar, si parecerán egoístas, si alguien saldrá herido. Solo cuando creen que el terreno está despejado se permiten avanzar. A veces nunca lo está.

El resultado es que el punto de partida nunca son sus propias necesidades. Primero van los otros, y lo propio llega después, si es que llega.

Considerar a los demás es un gesto de cariño. Desaparecer de tus propias decisiones es otra cosa.

Preguntas que parecen pequeñas

Vale la pena mirar algunas con calma, porque dicen mucho:

¿Puedo necesitar algo sin sentir que soy una carga? ¿Puedo descansar sin haberlo "ganado" antes? ¿Puedo equivocarme sin que se derrumbe lo que valgo? ¿Puedo decir que no y seguir siendo querida o querido? ¿Puedo recibir sin quedar en deuda? ¿Puedo elegir algo solo porque lo quiero?

Si a varias te costó responder con un sí tranquilo, probablemente conoces bien este trámite.

De dónde viene

Nadie nace pidiendo permiso para existir. Se aprende. A veces en familias donde los adultos estaban sobrepasados y lo mejor era no sumar problemas. Otras, en casas donde el ánimo de alguien marcaba el clima de todos y convenía leerlo antes de moverse. También en ambientes donde el cariño se ganaba siendo útil, obediente o impecable.

En esos contextos, preguntar primero fue una manera inteligente de cuidar el vínculo. Un niño no puede irse ni buscar afecto en otro lado, así que ajustarse era lo más sensato. Lo que ocurre es que ese ajuste se instala, y en la adultez sigue operando aunque las circunstancias hayan cambiado por completo.

Cuando la decisión queda en manos de otros

Con el tiempo este hábito tiene un efecto difícil de detectar: la autoridad sobre la propia vida se va trasladando hacia afuera. Las decisiones empiezan a tomarse según lo que diría la mamá, lo que opinaría la pareja, lo que esperaría el jefe o una especie de público imaginario que siempre está mirando. La culpa y el miedo al rechazo se transforman en consejeros permanentes.

Y aunque la persona sepa racionalmente que tiene derecho a elegir, sentirlo es otra historia. Puede entender que poner un límite es sano y, aun así, vivirlo como una agresión. Puede saber que merece reciprocidad y, sin embargo, sentir extraño que alguien la cuide.

Puerta que se abre hacia una habitación iluminada
Foto: Greg Rosenke / Unsplash

Lo que se pierde en el camino

Vivir pidiendo permiso agota, pero además va apagando algo más sutil: el deseo propio. Cuando cada gusto tiene que pasar por un filtro de aprobación, el querer se vuelve tímido, y muchas personas terminan sin saber qué les gusta realmente, qué necesitan o hacia dónde quieren ir. Conocen con exactitud lo que esperan los demás, mientras lo suyo quedó en silencio.

Del "¿puedo?" al "¿quiero?"

El trabajo terapéutico no busca volverte indiferente a los demás. La sensibilidad hacia otros es un recurso valioso y no hay por qué perderla. Lo que se busca es que puedas tener en cuenta a quienes quieres sin salirte de tu propio centro de decisión.

Eso suele avanzar por capas. Primero, darse cuenta de cuándo aparece la pregunta y a quién se le está pidiendo permiso en realidad. Después, empezar a legitimar lo propio, es decir, sentir que descansar, pedir o elegir no es un abuso, sino algo que te corresponde. Y finalmente, practicar decisiones pequeñas desde ahí, tolerando la culpa que al principio acompaña casi cualquier gesto nuevo.

Con práctica, la pregunta cambia de forma. Deja de ser "¿puedo?" y empieza a ser "¿quiero?", "¿me hace bien?", "¿esto es mío?". Esa diferencia, que parece mínima, transforma la manera de habitar la propia vida.

Foto de portada: Daiga Ellaby / Unsplash