Dos personas caminando juntas por un sendero de campo al atardecer, junto a un árbol
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Volver a elegirse

Qué hace falta para que una pareja que se alejó pueda reencontrarse.

Por Valentina Orellana, psicóloga clínica · 6 min de lectura

Cuando una pareja que se alejó se pregunta si puede recuperarse, lo primero que conviene mirar es qué quiere cada uno y por qué. En la práctica, las respuestas se combinan de muchas maneras. A veces los dos quieren intentarlo; otras, uno lo tiene claro y el otro duda, o ninguno sabe muy bien lo que quiere. También hay parejas que siguen juntas principalmente por los hijos, por lo que se espera de ellos o porque separarse les parece un fracaso, más que porque se estén eligiendo. Cualquiera de estas razones puede ser legítima. Lo que la vuelve legítima es que la decisión se tome desde la conciencia, sabiendo por qué se está eligiendo, después de poner en la balanza los pros y los contras y haciéndose cargo de esa decisión. Lo que desgasta es quedarse por inercia, sin haberlo decidido de verdad.

Cada una de estas situaciones es un punto de partida distinto, y cada una pide algo diferente. Lo que más complica las cosas es no saber en cuál se está. Por eso, antes de cualquier otro paso, vale la pena aclarar con honestidad qué quiere cada uno y desde dónde lo quiere. Existen procesos terapéuticos pensados justamente para acompañar a parejas que no saben si seguir o separarse. Cualquiera sea la decisión, tomarla con claridad suele ser más sano que quedarse indefinidamente en la duda, porque vivir con un pie adentro y otro afuera agota a las dos personas.

Muchas parejas temen haber llegado demasiado tarde. Se suele repetir que pasan muchos años antes de pedir ayuda, pero un estudio reciente encontró que la mayoría de las parejas inicia una terapia dentro de los dos primeros años desde que aparecen los problemas serios. Llegar con heridas acumuladas es lo habitual, y no significa que la relación ya no tenga arreglo.

La puerta de salida

Incluso cuando los dos dicen que quieren intentarlo, algo puede frenar el proceso sin que se note. A veces uno de ellos, o ambos, siguen mirando de reojo la salida. Esa salida puede tomar la forma de otra persona, de un plan para cuando los hijos crezcan o simplemente de una pregunta que vuelve en los días difíciles, "¿y qué pasaría si...?". Detrás de esa pregunta suele estar la fantasía de que lejos de aquí todo sería más fácil.

Mientras esa puerta siga abierta, el compromiso no es pleno, y sin un compromiso pleno nadie pone todas sus cartas sobre la mesa. Uno se involucra a medias, se guarda fuerzas por si tiene que irse y, cuando una conversación se pone difícil, prefiere no mostrarse del todo. Recuperar una relación exige justamente lo contrario. Exige arriesgarse, exponerse y quedarse en las conversaciones que cuestan, y eso no se puede hacer con un pie afuera.

Los estudios sobre el compromiso en pareja han observado algo muy parecido. Las personas que están más atentas a sus alternativas, a lo que podrían tener fuera de la relación, tienden a comprometerse menos y a separarse con más frecuencia. Cerrar esa puerta no significa quedar atrapado. Significa que, después de haber evaluado con honestidad si vale la pena intentarlo, uno decide apostar de verdad, sin quedarse a medio camino. Si más adelante hace falta volver a mirar la decisión, que sea después de haberlo intentado con todo.

Sirve pensarlo como una casa. Cuando arriendas y algo deja de gustarte, lo más simple es buscar otra. La casa propia, en cambio, esa que te costó años de esfuerzo conseguir, la cuidas de otra manera. Si aparece una gotera, la arreglas; si algo no funciona, buscas cómo mejorarlo, porque irte no es la primera opción. Con la pareja ocurre lo mismo. Lo que sentimos propio lo cuidamos con una intensidad y una fuerza que no aparecen mientras una parte de nosotros sigue revisando otros avisos.

Con un pie en la puerta de salida, nadie apuesta todas sus cartas.

La decisión de amar

Cuando ambos quieren intentarlo y dejan de mirar la salida, aparece lo que sostiene todo lo demás, que es la decisión de amar al otro y de trabajar en ello. El amor de pareja no depende solo de lo que se siente en un momento dado. También es una elección que se renueva, sobre todo en los períodos en que sentir cuesta.

Trabajar en la pareja suena bien hasta que uno descubre lo que exige en la práctica. Exige tolerar la incomodidad de decir lo que se calló durante meses, o incluso años, y también la de escuchar cosas que duelen, como que el otro se sintió solo o que nuestra forma de protegernos lo fue dejando afuera. Algunas de esas conversaciones van a costar, y puede haber momentos en que parezca más fácil volver al silencio. Eso no quiere decir que vayan por mal camino; muchas veces es señal de que por fin están hablando de lo que importa.

Mostrarse y saber recibir

Cuando una pareja se distancia, es común que cada uno vaya armando un personaje, una versión que dice "estoy bien" mientras por dentro carga otra cosa. Recuperarse pasa por dejarlo de lado, y eso se juega en momentos muy concretos. Por ejemplo, decir "eso me dolió" en lugar de "no importa", o "te echo de menos" en lugar de un reproche. Son frases cortas, pero exponen, y por eso cuestan tanto.

La otra mitad del trabajo la hace quien escucha. Cuando alguien por fin se atreve a mostrarse, la manera en que el otro lo recibe define si volverá a intentarlo. Si encuentra interés y comprensión, la confianza aumenta. Si, por el contrario, encuentra burla, defensa o un contraataque, aprende que era mejor callar, y es probable que la distancia en la pareja crezca. Por eso esta tarea siempre es de los dos.

Nada de esto exige transparentarlo todo. Cada uno conserva espacios propios, y eso es sano. La diferencia está en dejar de guardarse justamente lo que importa para la relación.

Dos manos tomadas, una sobre la otra
Foto: Nguyễn Tân / Unsplash

Una relación nueva

Al punto de partida no se vuelve. Cuando este trabajo se sostiene en el tiempo, la pareja se convierte en otra, una en la que los dos se eligen sabiendo quién es el otro de verdad, con sus miedos y sus heridas, y no la versión editada que se mostraba para evitar problemas. Una en la que no hace falta ningún personaje, porque hay suficiente confianza para decir lo que pasa.

El camino rara vez es recto. Habrá días en que vuelva el silencio o la discusión de siempre, y eso no significa que todo se perdió. Las formas antiguas de protegerse tienden a reaparecer cuando hay cansancio o miedo; lo que cambia con el trabajo es que cada vez cuesta menos darse cuenta y volver a la conversación.

Volver a elegirse ocurre muchas veces, en conversaciones pequeñas y en decisiones cotidianas. Con el tiempo, estar cerca deja de ser un esfuerzo y vuelve a ser la forma natural de estar juntos.

Foto de portada: Henry Ravenscroft / Unsplash

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