Nadie nos enseña a ser pareja
Para quienes descubrieron, al terminar una relación importante, que nadie les enseñó a cuidarla.
Muchas personas descubren lo que significa ser pareja cuando una relación importante se termina, y recién ahí, con el dolor encima, aparecen las preguntas que nunca se habían hecho. ¿Qué pasó? ¿En qué momento nos perdimos? ¿Qué fue lo que no vi? Si estás en ese lugar, vale la pena saber que a casi nadie le enseñaron a ser pareja.
Aprendemos a leer, a manejar y a hacer bien nuestro trabajo, y para casi todo lo importante buscamos a alguien que nos enseñe. Incluso decimos con naturalidad que nadie nos enseña a ser padres. Con la pareja, en cambio, ni siquiera nos hacemos la pregunta. Aprendemos mirando a quienes nos criaron, a los amigos o las películas. Con eso armamos una idea de cómo debería ser el amor y después lo vivimos en piloto automático, sin detenernos a pensar si lo estamos haciendo bien.
Lo que no sabíamos
Casi nadie sabe que el enamoramiento no dura para siempre y que su final no significa que el amor se haya terminado. El comienzo de una relación tiene una intensidad que aparece sola, mientras que lo que viene después necesita atención, conversación y cuidado. Como nadie nos lo advierte, la primera baja se vive como un error de elección y respondemos con distancia justo cuando hacía falta cuidado.
Mirar hacia atrás con esta información puede doler, porque aparecen las oportunidades que no se vieron a tiempo. Pero no haber sabido hacer algo que nadie nos enseñó tampoco habla mal de quien lo vivió; le pasa a muchísimas personas, y desde ahí se puede empezar a aprender.
Cambiamos
Solemos pasar por alto que las personas cambiamos durante toda la vida y en todos los roles que ocupamos, como hijos, amigos, trabajadores y también como pareja.
En la familia lo aceptamos casi sin pensarlo. Mientras vivimos en la casa de nuestros padres o cuando somos nosotros quienes criamos, vemos cómo cada integrante va cambiando y nos adaptamos, porque no queda otra. En la pareja ocurre otra cosa. Como a esa persona la elegimos, solemos dar por hecho que seguirá siendo la misma que conocimos y pocas veces tenemos presente que va a cambiar.
Se trata de una expectativa poco realista, aunque bastante común. La investigación ha visto que a cualquier edad las personas reconocen cuánto cambiaron en los últimos años pero creen que en el futuro cambiarán muy poco. Si eso pensamos de nosotros mismos, no es raro que esperemos algo parecido de quien tenemos al lado. Quien eras al comenzar la relación no es quien eres después de los hijos, de un cambio de trabajo, de una pérdida o simplemente de los años, y lo mismo le ocurre al otro.
Muchas parejas se distancian porque cada uno sigue relacionándose con la versión del otro que conoció al principio o porque espera que siga siendo igual. Ser pareja es en buena parte acompañar esos cambios sin quedarnos con una fotografía antigua.
Crecer de la mano
Cada uno puede crecer por su cuenta, pero lo que hace distinta a una pareja es la elección de crecer acompañados, más exigente y más profunda que crecer solo. Significa no soltar la mano del otro cuando cambia, se equivoca o atraviesa algo difícil, aunque por momentos parezca más cómodo seguir el propio camino.
Esa elección se debilita cuando vivimos la relación con la maleta hecha, ya sea por la idea vaga de que si esto no resulta siempre se puede empezar una vida distinta o por un plan bastante concreto. Mientras esa salida esté lista cuesta cuidar lo que hay; se posterga la conversación pendiente, se deja pasar el malestar y se invierte lo mínimo, porque una parte de nosotros ya está mirando hacia otro lado. Sin darnos cuenta empezamos a tratar la relación como algo transitorio, y lo transitorio rara vez se cuida.
Lo que hace posible estar cerca
Crecer de la mano necesita un espacio donde se pueda contar lo que a uno le pasa sin ser juzgado. Cuando sabemos que lo que digamos será recibido con interés y no con crítica, nos atrevemos a mostrar lo que de verdad necesitamos y queremos. Cuando se recibe con juicio o con burla, aprendemos a callar y lo que se calla se va convirtiendo en distancia.
También necesita entender que tenemos enfrente a otra persona distinta, con sus propios deseos y necesidades. Buena parte de las tensiones nace de esperar que el otro sienta lo mismo, quiera lo mismo y reaccione como nosotros lo haríamos. Reconocer esa diferencia en lugar de pelear con ella abre la posibilidad de encontrarse a medio camino.
Si una relación importante se te terminó, quizás estás entendiendo muchas de estas cosas recién ahora, y eso no es fácil. Pero entenderlas también cambia el sentido de lo vivido, que deja de ser solo una pérdida y se transforma en un aprendizaje sobre cómo quieres estar con otra persona y qué tipo de pareja quieres construir.
Sigue leyendo
Foto de portada: Florian Siedl / Unsplash