Cuando hablamos de lo que queremos cambiar de nosotros, casi siempre lo hacemos con enojo: "no quiero seguir siendo tan controladora", "otra vez dije que sí cuando quería decir que no", "es que yo soy así, es mi peor defecto", "¿por qué siempre termino haciendo lo mismo?". Es comprensible, porque esas maneras de reaccionar que se repiten una y otra vez, lo que solemos llamar patrones, muchas veces nos hacen daño. Lo que pocas veces nos preguntamos es para qué aparecieron.
Y la respuesta, en la mayoría de los casos, sorprende: más que defectos, son formas que encontramos para cuidarnos.
Los mecanismos de defensa
Desde el psicoanálisis se habla de mecanismos de defensa para describir las formas automáticas, y en gran parte inconscientes, con que la mente se resguarda de emociones que en algún momento resultaron difíciles de tolerar: la angustia, la vergüenza, la tristeza o el miedo a perder a alguien.
Todos los usamos, todos los días. Negar algo que duele demasiado como para mirarlo de frente; racionalizar, es decir, encontrar una explicación lógica que nos evite sentir; volcarnos al trabajo o a la actividad para no pensar; ver en otros lo que no soportamos ver en nosotros; desconectarnos de lo que sentimos cuando la emoción es muy intensa. Algunas defensas son flexibles y hasta sanas, como el humor o la capacidad de transformar el malestar en algo creativo. Otras se vuelven rígidas y, con el tiempo, nos dejan cada vez menos libertad para vivir y relacionarnos como quisiéramos.
Una solución que se quedó más tiempo del necesario
Muchas de las formas de ser que queremos cambiar funcionan de esa misma manera. La complacencia suele resguardar del rechazo; el control, de la incertidumbre; la exigencia desmedida, de la sensación de no valer lo suficiente; pasar desapercibido, de la humillación; y desconectarse de lo que uno siente, del desborde. Cada una tuvo sentido en un momento concreto de la vida, y cada una, con los años, empezó a cobrar un precio.
Pasa algo parecido a lo que ocurre con un paraguas que abriste en medio de la lluvia y que sigues llevando abierto aunque hace rato dejó de llover. Cuando más lo necesitabas, te cubrió. Hoy te ocupa una mano, te tapa el sol y no te deja ver el cielo, pero cerrarlo da miedo, porque todavía no confías en que la lluvia no vuelva.
Eso hace una defensa que se quedó más tiempo del necesario: lo que alguna vez fue una respuesta inteligente y adaptativa frente a un ambiente difícil se transforma en una costumbre que se activa sola, aunque el contexto haya cambiado por completo.
Lo que queda al descubierto
Hay una pregunta que abre mucho: si dejaras de funcionar así, ¿qué quedaría expuesto? Las respuestas suelen ser reveladoras: "sentiría que no le importo a nadie"; "tendría que aceptar que no controlo lo que pasa"; "me verían como realmente soy"; "tendría que sentir la pena que he evitado todos estos años"
Ahí aparece lo esencial. Esa forma de reaccionar funciona como un guardia parado frente a un dolor antiguo, y mientras ese dolor siga sin atenderse, el guardia no va a abandonar su puesto.
Por qué pelear contra él no funciona
Cuando alguien se propone cambiar a punta de crítica ("qué débil soy", "cómo puedo seguir haciendo esto"), ocurre algo curioso: el mecanismo se refuerza. La autocrítica genera más amenaza, y la amenaza es justo lo que ese guardia está entrenado para enfrentar. Mientras más se le ataca, más alerta se pone.
Por eso los cambios que se imponen desde el castigo suelen durar poco. Funcionan unas semanas, hasta que aparece una situación tensa y todo vuelve a su lugar, esta vez con una capa extra de vergüenza.
Agradecer antes de soltar
Puede sonar extraño, pero muchas veces el primer paso es reconocer lo que esa forma de ser hizo por ti. Te permitió atravesar etapas difíciles, conservar vínculos que necesitabas y seguir adelante cuando no había otras herramientas disponibles. Reconocerlo no significa justificarlo ni quedarse ahí. Significa mirarlo con respeto en lugar de desprecio.
También es importante aceptar que no siempre estamos preparados para dejar ir una defensa. A veces todavía la necesitamos, porque lo que está debajo duele demasiado o porque aún no contamos con otros recursos, y eso está bien. Forzar el proceso antes de tiempo suele tener el efecto contrario.
Me gusta pensarlo como una cebolla. Vamos descubriéndonos capa por capa, y cada una se abre cuando estamos en condiciones de mirar lo que hay debajo. Ese momento suele llegar por alguna de estas razones: la estrategia de siempre dejó de funcionar; ya no habla de quienes queremos ser; o empezó a traernos consecuencias que no estamos dispuestos a seguir pagando.
Soltar una capa también implica una pérdida, y es válido sentirla. Dejar de ser "la que siempre resuelve" o "el que nunca falla" puede traer una sensación de vacío, incluso de duelo, porque esa identidad entregaba reconocimiento, un lugar conocido y cierta certeza sobre quién eras. Y lo nuevo, al principio, tampoco se siente propio. Es como habitar una piel extraña, que todavía no reconoces como tuya. Con el tiempo y la práctica, esa piel se vuelve cómoda.
Lo que hay en el fondo
Si uno sigue bajando por las capas, casi siempre llega a un mismo lugar: la sensación de no ser suficiente, de no ser querido tal como se es, de tener que hacer algo más para merecer un lugar. Muchas de nuestras defensas se organizan alrededor de ese miedo, y mientras él manda, las decisiones se toman para no perder: no perder el cariño, el control o el reconocimiento.
Por eso el cambio más profundo pasa por una aceptación de amor propio. No como una frase motivacional, sino como una experiencia íntima: darte cuenta de que no te falta nada, de que eres completo tal como eres y de que no necesitas ganarte el derecho a ser querido. La necesidad de pertenecer, de sentirte a salvo o valioso sigue siendo legítima; lo que cambia es que ya no tienes que pagarla con partes de ti.
Elegir quién quieres ser
Desde ese lugar, la pregunta se transforma. Deja de ser "¿qué pierdo si dejo de ser así?" y pasa a ser "¿quién quiero ser?". Con ella se vuelve posible mirar la propia manera de funcionar y decidir qué conservar, qué transformar y qué dejar ir porque ya no te sirve.
Quien fue complaciente, por ejemplo, no tiene que volverse indiferente. Puede elegir quedarse con su sensibilidad y su capacidad de cuidar, ahora como una expresión de quien quiere ser y no como el precio de ser aceptado. Quien vivió aferrado al control puede elegir una seguridad más flexible, que le permita disfrutar sin tenerlo todo resuelto. Y quien se exigía sin descanso puede decidir que su valor no depende de lo que rinde, y empezar a vivir desde esa certeza.
Algo parecido ocurre en los vínculos. Ser cariñoso, generoso o considerado con los demás deja de ser una estrategia para no perder a nadie y empieza a salir de forma natural, porque nace de la tranquilidad y no del miedo.
En terapia se recorre ese camino con calma: identificar qué resguarda cada estrategia, atender la herida que está debajo, ensayar alternativas y repetirlas hasta que se vuelvan confiables. No se trata de quedarse sin defensas, sino de contar con más de una manera de cuidarse y poder elegir cuál usar según lo que de verdad está pasando. Con el tiempo, el paraguas deja de estar siempre abierto; queda a mano, listo para usarlo solo cuando realmente llueva.
Foto de portada: Xianyu hao / Unsplash