Un sendero de tierra que se abre camino entre pasto verde y alto
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Lo que haces también cambia quién crees ser

Por qué ante un mismo comentario dos personas reaccionan distinto, y cómo actuar diferente también va cambiando la idea que tenemos de nosotros.

Por Valentina Orellana, psicóloga clínica · 6 min de lectura

Un sábado, tomando café, una amiga suelta la pregunta. "¿Y todavía no se van a vivir juntos? Llevan cuatro años. Yo en tu lugar me preguntaría por qué". Imagina que se la dicen a dos mujeres, en dos cafés distintos.

La primera se ríe y cambia el tema, pero en la noche se pregunta qué le falta a ella para que él quiera algo más. La segunda siente el mismo pinchazo, pero deja la taza en la mesa y le contesta "Oye, eso me tocó. ¿Por qué lo dices?". Resulta que la amiga venía con una inquietud propia, y la tarde sigue.

El comentario es idéntico. Lo que cambia es quién lo escucha.

La imagen que se defiende

Todos cargamos una idea firme de quiénes somos, del tipo "soy la que sostiene a todos", que se armó con lo que vivimos y trabaja sin que la notemos. Muchas veces, antes de que alcancemos a pensarlo, la persona que somos ya lo decidió, en automático. Si la primera cree, sin decirlo, que nadie querría comprometerse con ella, la frase cae justo ahí.

Y esa imagen se defiende. Hay estudios que muestran que, cuando alguien se ve de forma negativa, lo bueno que contradice esa imagen puede agradarle un momento, pero le cuesta creerlo.

Una forma clara de esto es el llamado síndrome del impostor. No figura en los manuales clínicos, pero describe una experiencia frecuente, sobre todo en personas a las que les va bien. Atribuyen sus logros a la suerte o a que se esforzaron el doble, nunca a lo que saben hacer, y viven con miedo a que un día los pillen.

Cada logro alivia un rato y se diluye sin actualizar la imagen que tienen de sí. Para calmar el miedo revisan tres veces un informe que estaba listo, o lo postergan. Si igual les va bien, la conclusión ya estaba escrita, "lo logré porque me maté" o "tuve suerte otra vez".

En lo cotidiano pasa igual. Quien se cree malo para la plata deja la cartola sin abrir por semanas porque mirarla duele, se le pasan pagos y a fin de mes confirma que es malo para la plata. Es una profecía autocumplida.

Pero ese círculo también gira al revés, y nos conocemos mirando lo que hacemos. Se ha visto que, sobre todo cuando no tenemos claro lo que sentimos, lo deducimos de nuestra conducta. Por eso pesa tanto lo que viene justo después de que alguien decide actuar distinto, porque desde ahí va a leer lo que hizo.

Un "no" antes de tiempo

Pienso en una mujer que toda su vida ha dicho que sí. En un almuerzo familiar le piden por enésima vez que se haga cargo de la Navidad, y esta vez dice "no", un "no" que salió antes de que ella creyera que tenía derecho a decirlo. Desde ahí la escena puede tomar dos rumbos.

Puede que le tiemble la voz y que después no pase nada. Le queda en el cuerpo el dato de que dijo "no" y nadie dejó de quererla, y la frase "yo no sé decir que no" ya tiene una excepción.

O puede que las cosas no salgan tan bien, porque no siempre salen bien. Su hermana se molesta y ella, que se siente mal, lo lee como prueba de que se equivocó. La culpa llega rápido, y en la noche le dan ganas de llamarla para decirle que bueno, que ella se encarga.

Para que ese "no" se convierta en un cambio hace falta una decisión personal que nadie puede tomar por ella. Esa decisión le pide sostener la incomodidad y medir lo que le cuesta a los suyos, porque quien deja de hacer lo que siempre hizo empieza a ocupar un espacio distinto, y ella y su familia tienen que acomodarse.

Entonces, ¿qué es primero, el huevo o la gallina? ¿Hay que creerse otra persona para actuar distinto, o actuar distinto para creérselo? En la consulta veo que pasan las dos cosas a la vez, con idas y vueltas, y el mismo círculo que nos tenía atrapados puede volverse un círculo virtuoso.

Lo que gana quien se queda igual

Muchas veces ese círculo se traba porque lo que repetimos, incluso lo que nos hace daño, trae algún beneficio escondido. A la mujer de la Navidad, hacerse cargo de todo le daba la sensación de ser necesaria, algo real que en su momento la protegió y que con los años dejó de compensar el cansancio.

Ponerle nombre ayuda, siempre que sea preciso. "Me gusta ayudar" queda corto, pero "si dejo de ser útil, temo que dejen de contar conmigo" abre la puerta a conseguir eso mismo por otro camino.

Cuando la culpa empuja a volver al sí, el enojo de su hermana suena enorme, pero puesto al lado de lo que ella puede ganar, una Navidad sin cargar con todo, se ve de otro tamaño, y puede elegir con más libertad.

Actualizar quién soy

La identidad que traemos se puede ir actualizando con paciencia. Se empieza por preguntarse, frente a un comentario como el del café, quién lo está escuchando. ¿La parte que lleva años esperando que alguien confirme que no basta, o la mujer que de hecho construyó esa relación?

Después está lo que uno hace. Ahí el cambio se vuelve posible cuando uno decide, tira la llave al fondo del mar y deja de negociar el rumbo aunque haya días en que avance menos. La decisión es firme, pero los pasos son del tamaño que uno puede cumplir, para no traicionarse.

Un cambio de golpe se siente tan amenazante que cuesta cumplirlo, y cada promesa rota le da la razón a la idea antigua.

Por eso me gustan los compromisos chiquititos. Quien se ve como desordenada y quiere ser ordenada puede empezar por hacer la cama todos los días y fijarse en lo que gana directamente, quizás una pieza tranquila en la noche. Lo que más pesa es cumplir lo que uno se promete. La cabeza entiende el cambio en un día, pero el cuerpo necesita esos datos, uno encima del otro, para creérselo.

Se parece a esos senderos que aparecen en el pasto de las plazas de tanto pisar el mismo lugar. Con los meses el pasto cede y aparece una huella. El camino viejo sigue ahí, aunque deja de ser el único.

Debajo de muchas identidades dolorosas está la creencia de no ser suficiente tal como uno es, y estos gestos chicos pueden aflojarla a medida que uno empieza a tratarse como alguien que siempre mereció cariño sin tener que ganárselo. Cuando esa creencia viene de experiencias muy duras suele necesitar acompañamiento, y pedirlo es otro paso.

Vuelvo al café del sábado. La mujer que se rió no tiene que convertirse de golpe en la otra. Puede escribirle a su amiga esa noche, decirle solo "eso me tocó" y ver qué pasa. Es una pisada. Todavía no se nota en el pasto, pero ya es suya.

Foto de portada: Liana S / Unsplash

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