Mesa puesta para Navidad con mantel verde, platos blancos, velas y ramas de pino
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La casa de tus papás como espejo

Por qué volver a la casa familiar en las fiestas destapa lo que la vida adulta nos permitió tapar, y cómo vivir esos días con más calma.

Por Valentina Orellana, psicóloga de adultos y parejas · 5 min de lectura

Diciembre suele imaginarse de una manera bien precisa, con una mesa larga y esa sensación de estar en casa que tantas películas prometen. Muchas personas esperan esos días con cariño de verdad, y aun así, a las pocas horas de llegar donde sus papás notan algo difícil de explicar, un cansancio que no traían o unas ganas de irse antes de tiempo que después cuesta perdonarse.

Esa incomodidad suele leerse como un fracaso, como si uno no supiera disfrutar o como si la familia fuera el problema. En la consulta veo que detrás de esa incomodidad suele haber algo más. Volver a la casa de tus papás, sobre todo en fechas cargadas de emoción, funciona como un espejo, y lo que se refleja ahí casi nunca es solo la familia.

La arena encima

Crecer trae una libertad que pocas veces dimensionamos. Elegimos dónde vivir y cada cuánto ver a la familia, y con eso armamos una vida en la que muchas cosas que dolieron dejan de tocarse a diario. En parte está bien que así sea, ya que nadie puede vivir revisando su historia todo el tiempo.

Sin embargo, tomar distancia y resolver son cosas diferentes. Lo que nunca se conversó o el papel que nos tocó sin elegirlo pueden seguir ahí, como algo a lo que le fuimos tirando arena encima. La superficie se ve pareja y se puede caminar sobre ella durante meses, hasta que llega una fecha que obliga a volver justo a ese lugar.

Por qué en estas fechas se destapa

Estas celebraciones tienen algo que el resto del año no tiene, y es que no se pueden evitar del todo. Hay que estar, y estar varias horas, con la expectativa de que todo resulte lindo. Ahí volvemos a convivir con personalidades que en algún momento decidimos dejar de manejar, como el papá que corrige cada cosa o la hermana con la que todo termina en competencia, y lo hacemos sin la distancia que normalmente nos protege.

Muchas veces el cuerpo reacciona antes de que alcancemos a pensar. Basta con sentarse en la silla de siempre, esa que nadie asigna y todos respetan, para que vuelva una forma de estar que creíamos superada. También basta una frase de tu mamá o de tu papá, dicha con el mismo tono de hace veinte años, para sentir en un segundo lo que sentías entonces. Así, los conflictos y las heridas se reactivan sin aviso y sin que sepamos bien qué los encendió, porque todo eso ocurre en un nivel mucho más profundo que la conversación de sobremesa.

La distancia nos permite no mirar, y estas fechas nos sientan justo frente a lo que no miramos.

Por eso cuesta tanto digerir esos días. Lo que debía ser bonito y familiar termina siendo un encuentro con el propio espejo, algo que nadie puso en el menú, y se sale de ahí con un agotamiento que no calza con unas horas de cena.

Lo que muestra el espejo

Cuando algo nos perturba tanto en esa mesa, lo primero que hacemos es mirar hacia afuera y pensar que la mamá no cambia o que el hermano siempre hace lo mismo. Muchas veces es cierto, y no se trata de culparse por lo que hacen otros, pero si uno se queda solo ahí, se pierde lo que el espejo puede mostrar.

Ayuda más preguntarse qué me pasa a mí cuando eso ocurre y qué parte mía se despierta, si la que necesitaba aprobación o la que tenía que mantener la paz. Lo que aparece en la casa de tus papás puede mostrar bastante de lo que quedó pendiente, y verlo, aunque incomode, sirve mucho más que volver a echarle arena al día siguiente.

En terapia familiar se habla de diferenciación para describir la capacidad de estar cerca de la propia familia sin perderse en ella, de sentir lo que se despierta sin que eso decida por uno. Nadie la tiene completa, y estas fechas, con tanta carga emocional, la ponen a prueba.

Hay familias, eso sí, donde hubo maltrato o abuso, y ahí lo que se siente tiene razones muy reales. En esos casos cuidarse, incluso no ir, puede ser lo más sano.

Comedor de una casa antigua con mesa y sillas de madera
Foto: Clay Banks / Unsplash

Cómo vivir esos días

No siempre hace falta dejar de ir ni llegar con la historia resuelta, pero sí ayuda cambiar el lugar desde donde uno llega. Antes de ir vale la pena preguntarte con honestidad qué se te suele activar y con quién, así no te toma por sorpresa. Saber que con tu papá aparece la necesidad de demostrar algo ya cambia la escena, porque cuando ocurra vas a poder reconocerla en lugar de solo reaccionar.

Durante la cena sirve decidir cómo quieres estar tú. Puedes darte pausas o irte a una hora razonable, y nada de eso es falta de cariño. Tampoco es el momento de resolver toda la historia familiar entre el plato de fondo y el postre, y esas conversaciones, si hacen falta, se dan mejor otro día y con más calma.

Al volver a tu casa, lo más fácil es pasar la página, aunque lo que el espejo mostró dice mucho sobre lo que todavía duele y lo que necesitas mirar. Hay quienes pueden trabajarlo por su cuenta, escribiendo o conversándolo con alguien de confianza, y hay heridas que piden un espacio más protegido, como la terapia, para revisarse sin volver a cubrirlas.

Mirar lo que aparece, en vez de taparlo otra vez, puede ayudar a que esos días pesen menos.

Las familias rara vez cambian porque uno lo desee, pero la forma en que uno está en ellas sí puede cambiar. Cuando eso pasa, la silla de siempre puede seguir en el mismo lugar y, aun así, sentarse en ella se siente de otra manera.

Foto de portada: Oxana Melis / Unsplash

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