El hombre que puede solo
Sobre la desconexión que funciona durante años, hasta que un día deja de funcionar.
Muchas veces llega a la consulta después de que algo se rompió. La pareja le dijo que ya no podía más, tuvo una crisis de pánico en la oficina, un hijo dejó de hablarle o el cuerpo empezó a pasarle la cuenta. Y casi siempre aparece la misma frase: "yo nunca había necesitado esto".
En parte es cierto. Durante años funcionó bien, o por lo menos eso parecía. Resolvía, trabajaba, sostenía a otros y seguía adelante. Pero funcionar y estar bien son cosas distintas, y a veces uno se da cuenta de la diferencia bastante tarde.
De dónde viene
Muchos aprendieron desde chicos que necesitar no servía de mucho, o que derechamente era peligroso. A veces el papá no estaba. Otras veces estaba, pero se molestaba con cualquier señal de fragilidad. Algunos crecieron escuchando que los hombres no lloran, en familias donde cada uno tenía que arreglárselas como pudiera, y a otros les tocó muy temprano sostener a la mamá o a los hermanos.
En un contexto así, volverse el que puede solo fue una buena solución. Si no necesitas a nadie, nadie te puede fallar, y si no sientes demasiado, nada te desborda.
Y encima, lo premian
Esto cuesta verlo porque la autosuficiencia casi nunca se castiga. Pasa lo contrario. En el colegio se celebra al que no se queja y en la casa se agradece al que resuelve y no da problemas. En el trabajo asciende el que aguanta, el que siempre está disponible, el que "salió adelante solo". Los amigos lo admiran porque él siempre puede, y en muchas familias es el orgullo justamente por eso.
Con tanto reconocimiento, es lógico que un hombre no vea ahí un problema. Lo vive como una virtud, y en parte lo es. El costo está en otro lado, en todo lo que tuvo que dejar de sentir y de pedir para sostener esa imagen. Y como el entorno aplaude la fortaleza, pedir ayuda puede sentirse como perder precisamente aquello por lo que lo valoran.
Cómo se ve en el día a día
A veces se nota en cosas bien concretas. Resuelve todo, pero nadie sabe realmente cómo está, y muchas veces él tampoco. Cuando algo le duele trabaja más, entrena más, se toma algo o se pierde en el celular. La pareja le dice que lo siente lejos y él no termina de entender qué le están pidiendo. Pedir ayuda le produce una incomodidad difícil de explicar, parecida a la vergüenza. Y donde por dentro hay tristeza o miedo, hacia afuera se ve mal genio o irritabilidad.
Lo que cuesta desconectarse
Desconectarse sirve para no desbordarse, y por eso puede funcionar durante tanto tiempo. El problema es que no se puede apagar solamente lo que duele. Junto con eso se apaga la cercanía, el deseo, la alegría y esa sensación de estar de verdad presente en la propia vida.
Además, lo que no se siente no desaparece. Se va acumulando y sale por otro lado: en el cuerpo, en el sueño, en el mal humor, en el consumo o en la distancia con las personas que más le importan.
Por qué el cambio suele llegar con una crisis
La crisis rara vez es el origen del problema. Suele ser el momento en que la forma antigua de funcionar ya no alcanza. Aguantar, hacer más o no hablar dejan de resolver, y aparecen preguntas para las que antes no había tiempo: quién soy si no puedo con todo, qué quiero yo, en qué momento dejé de estar.
Muchos hombres ya entienden su historia cuando llegan. "Sé que esto viene de mi papá", dicen. Y aun así, en el momento difícil, vuelven a cerrarse. Eso no habla de falta de voluntad ni de inteligencia. Esa manera de ser los protegió durante años y soltarla tiene un costo real, porque al principio se siente raro, expuesto y a veces hasta como debilidad.
Lo que ayuda
En terapia no se trata de quitarle a alguien su fortaleza de golpe. Primero hay que entender qué lo protegía, porque si no, vuelve a aparecer apenas algo se siente amenazante. Después viene aprender a nombrar lo que pasa por dentro, y muchas veces se parte por el cuerpo: la tensión en los hombros, el cansancio, la aceleración, ese nudo en el pecho que siempre estuvo ahí.
También sirve practicar cosas pequeñas, como pedirle algo a alguien de confianza y fijarse en lo que pasa internamente al hacerlo. Y mirar las recaídas con otros ojos. Volver a cerrarse muestra qué situaciones todavía se sienten peligrosas y dónde hay que seguir trabajando, así que tiene poco de fracaso.
Sobre todo ayuda tener un lugar donde no haya que rendir ni tener todas las respuestas. Pedir ayuda no le quita fuerza a nadie. Lo que cambia es para qué se usa, que ya no tiene que ser solamente para aguantar.
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Foto de portada: Daniil Onischenko / Unsplash